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miércoles, 26 de marzo de 2014

Si los muertes hablasen... 15

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 14

LA MUERTE DE OTRO TERRORISTA




Si el final de esta "obra" fuera el que os he presentado, posiblemnte mucha gente se quejaría. ¿Qué pasa con Richard? ¿Él también se merece morir, no?
Pues bien, para toda esta gente, aquí os dejo otro final que es sólo una continuación del anterior.




Richard saca el cuchillo de la pared sin preocuparse de los daños que este había producido. La verdad es que había creado una hendidura considerable para la distancia desde la que había sido lanzado. La fuerza de Alex debía ser formidable.
Richard se sentó un momento en el sofá. Se quitó la chaqueta de su esmoquin y empezó a llevar a los cadáveres al sótano. Allí tenía una caldera en la que solía quemarlos después de que le pagaran por su trabajo. A la mañana siguiente vendrían los jueces a verificar las muertes y a pagarle. 300000 por cada uno de los cadáveres y 500000 por Giovani. Una suma más que sustanciosa.
Richard acumuló todos los cadáveres delante de la caldera y volvió a subir.
Notó un olor raro en el ambiente del comedor pero lo asoció al olor de los cadáveres. El de Hugo debía de estar ya en proceso de descomposición y Adolf sudó como un animal, se dijo Richard.
Entonces decidió encender un cigarrillo. Le vendría bien fumar después del día que había tenido.
Sacó su caja de cerillas y, sin saber muy bien por qué, se acordó de una conversación que había tenido con Alex hace tiempo.

- En invierno debe de hacer frío aquí, ¿no? -dijó él.

- No te creas, tengo estufas en casi todas las habitaciones. Tengo gas butano circulando por toda la casa.

- ¿Por tubos?

- Sí, van por detrás de la pared.

En el momento de encender la cerilla se dió cuenta de la profundidad del agujero de la pared. Alex podría haberle dado. ¿Por qué no le dió? ¿Y por qué olía así? El olor de la habitación no era el de un cadáver en descomposición, no.

Y entonces, Richard encendió su cerilla y toda la casa voló por los aires.

martes, 25 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 13

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 13

CUESTIONARIO




- Te estábamos esperando. Toma asiento.

El cadáver con vida señaló a Alex un sitio en la cabecera de la mesa. Justo enfrente de su sitio. Alex tomó asiento con mucha cautela y su interlocutor hizo lo propio.

- Te estarás preguntando muchas cosas, supongo. La primera, ¿por qué estamos sentados a la mesa con 4 cuerpos que, créeme, no van a poder comer nada más en su vida?  La segunda, ¿por qué están muertos? La tercera, ¿por qué yo, Alex, no estoy muerto? Y supongo que la cuarta será por qué yo, el que te habla, no estoy muerto. ¿No es así?

Alex asintió con la cabeza.

- Come, estás en tu casa.

- No tengo hambre.

- Comprendo...

Se miraron largo rato. El hombre que tenía delante de él parecía estar buscando las palabras para continuar.

- Responderé a tus preguntas. Consideralo como tu regalo por sobrevivir tanto tiempo. ¿Por qué estamos sentados con 4 muertos? Bueno, esto es más bien teatralidad por mi parte. Me encanta la dramatización y esta era una ocasión perfecta para ejercerla, la verdad. La estampa es tan bonita como inquietante, ¿no crees? Digno de cualquier gran director... ¿Por qué están muertos? Bien, estas personas hicieron cosas que no se pueden hacer. ¿Por qué tu no estás muerto? AÚN no estás muerto. Dame tiempo. Por el momento eres el único que sobrevivió por tu carisma y tu aguante. Algo por lo que te aplaudo, de verdad -empezó a aplaudir de una forma escandalosa como si estuviera presenciando un gran espectáculo-. Fuiste el único que mantuvo la calma hasta el final. Pero tú también has hecho cosas que no se pueden hacer y morirás. Ten esto en mente, el único que va a sobrevivir a esta noche, seré yo -empezó a reirse de una forma escandalosa y dejó de reirse con la misma brusquedad con la que había empezado para proseguir su discurso-. Y la última, ¿por qué yo estoy vivo? Yo mato, no muero. Nunca morí, en verdad. Mi muerte no ha sido sino el comienzo.

- Estás loco.

- Sí, ¿y?

Volvió el silencio. Un silencio mucho más tenso. Sólo se escuchaba el lento balanceo del péndulo del reloj. 
La persona que tenía Alex delante observaba a Alex con una sinrisa demente en sus labios. Alex, a la vez, le observaba a él con una expresión de calma absoluta.
El silencio se alargó y se alargó.

- Preguntame lo que te está viniendo a la mente. Sé que tienes una pregunta que quiere salir. Esta noche tienes derecho a todas las preguntas que quieras. Es tu premio.

- ¿Cómo? Y, ¿por qué, Richard?

domingo, 23 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 12

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 12

LOCURA TRANSITORIA





Cuando una persona caval observa un hecho que se le antoja fuera de cualquier explicación razonable tiende a rechazarlo en un primer momento. Si el hecho se manifiesta de nuevo, sigue rechazandolo. Y si se vuelve a presentar, se vuelve a negar. Y se niega, y se aparta, y se rechaza hasta que llegas a una conclusión, y es que ese hecho imposible es posible. Eso, o sino entras en un estado de locura e histeria producido principalmente por la imperiosa necesidad de negar este hecho.
Pues bien, lo primero es lo que le pasó a Alex y lo segundo es lo que aconteció a nuestro amigo Adolf.
Alex entró en la habitación y encontró una caja de cerillas. Con ellas encendió una lámpara y se dispuso a investigar la habitación en busca de alguna forma mediante la cual John hubiera podido pasar de una a otra habitación.
Mientras tanto, Adolf entraba en un estado de shock y locura causado por su imperiante necesidad de negar lo que estaba sucediendo.
La mente de Adolf era un hervidero en ese momento. Su raciocinio sólo podía llegar aconclusiones precipitadas y nada precisas.

¿Cómo podía haber pasado eso? ¿Había pasado de verdad? Es ciertamente imposibe que John pasará de una habitación a otra. Sin hablar de su muerte... El suicidio no es uan posibilidad. No, alguien lo tuvo que matar. Y Alex es el único vivo sin contarme a mí. Y yo no he sido. ¿O si he sido? Bueno, si he sido, seré, pero sino soy, no he sido ni seré. ¿Y cómo puedo seguir siendo, y por consiguiente haber sido, si este hombre, que digo hombre, asesino, me mata? No, debo matarlo yo antes de que me mate él.

Adolf se levanta y se dirige hacia Alex.
Alex no se percata de este hecho, pues en este momento había descubierto algo.

- Adolf, ven aquí.

Adolf se sobresaltó un poco pero continuó su avance.
Llegó detrás de Alex.
Acercó sus brazos a s cuello.
Y Alex se giró.

- Mira esto.

Alex le miraba con desconfianza y se alejó de él.
Adolf se acercó a la pared y vio un mensaje escrito en tinta negra.


LA MUERTE NO ES SINO EL PRINCIPIO


Adolf miró sin mirar el mensaje.
Alex vio un instinto asesino en su mirada.
Vio la locura y la demencia retratadas en sus ojos.
Y entonces vió como Adolf se acercaba a él.
Y Alex corrió.
Corrió por toda la casa dirigiéndose hacia la salida. Oía a sus espaldas la carrera desbocada de su compañero.
La oscuridad era densa. Casi parecía una gran masa de alquitrán que lo envolvía por completo. Era pegajosa, opresora, profunda y terrorífica. Apenas se distinguían las siluetas de los objetos a un palmo de distancia.
No sabía donde estaba la salida. La casa era inmensa y él nunca había estado por esa zona.
Corrió y corrió hasta que se dió cuenta de algo. Ya no escuchaba pasos detrás de él. Adolf ya no lo perseguía. 
Entonces giró sobre si mismo y volvió sobre sus pasos. Encontró una lámpara en un mueble y la encendió para iluminarse.
La oscuridad se disipó un tanto y esta luz le permitió ver cosas que se encontraban a más de un metro de él.
Retrocedió.
Volvió sobre sus pasos.
Recorrió andando los pasillos por los que antes había corrido.
Y entonces llegó a un punto donde se había formado un inmenso charco de sangre. Del charco salía un reguero, cómo si hubieran arrastrado al cadáver desde el sitio de la muerte, que se perdía por el pasillo.
Entonces Alex se fijó en la pared.
En ella aparecía escrita con sangre un mensaje.


TÚ ERES EL SEXTO COMENSAL

En ese momento, no invadió el miedo la mente de Alex. Sobre este instinto prevaleció la curiosidad. Él era el único al que no habían asesinado aquella noche. Quería descubrir quién había sido el asesino de sus amigos. Y en ese momento estaba convendido de poder vengarse por la muerte de los mismos.
Siguió el camino de sangre. 
El reguero serpenteaba por los pasillos sin perder intensidad. Debía haber sido una auténtica carnicería la muerte de Adolf para que la sangre que salía de su cuerpo diera para tanto.
Alex llegó a la puerta de madera abollada del comedor.
Respiró fuerte y entró. 
Las luces encendidas.
La mesa puesta.
Y todos sentados a la mesa.
Todo el mundo.
Todos los comensales.
Los 5.
Adolf, abierto por la tripa como un cerdo y sangrando escandalosamente.
John, estrangulado y con la cara violeta.
Jay, casi decapitado con la garganta cercenada.
Richard, con una brecha en la cabeza.
Y el cadáver del camino, el que habían recogido. 
Alex se quedó parado.
No sabía que hacer.
No sabía cúal podía ser el asesino.

Por suerte para él, uno de los comensales se levantó.

jueves, 20 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 11

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 11

UN TRUCO DIGNO DE HOUDINI



La mansión estaba oscura. 
Alex corría sin saber muy bien a dónde se dirigía y guiado por los improperios y el ruído de las pisadas de su robusto amigo alemán.
De vez en cuando también escuchaba algún golpe seco o la rotura de algún mueble o cualquier otro objeto de madera. Supuso que serían los resultados de la frenética persecución. 
De repente, Alex dejó de oír los ruídos de sus amigos. Adolf se había parado.
Cuando llegó al lugar en el que este estaba, observó que su amigo parecía confundido.
Estaba delante de un pasillo en el que había dos puertas. 

- ¿Qué pasa? -dijo Alex.

- John se metió en esta puerta. Y yo entré y es una sala pequeña sin más salidas que esta misma puerta. 

- ¿Y qué?

- Que él ya no está en esta habitación.

- ¿Cómo?

- Que John no está en esta habitación. No está.

- ¿Estás seguro de que entró en esa habitación?

- Si, tarde en llegar pero lo vi.

- ¿Cómo lo pudiste ver desde la distancia? Esto está muy oscuro. 

- Había una luz en la habitación. Se iluminó esta puerta, estoy seguro.

- ¿Y la otra habitación?

- Aún no he entrado.

Alex abrió la puerta de esta habitación. No había luz alguna. 
En el centro de la habitación había una silla caída a un lado y encima de esa silla había un gran bulto que colgaba de una cuerda sujeta al techo. 
Alex y Adolf reconocieron el bulto.
Empezaron a inspeccionar las paredes. 
No había puertas.
No había juntas.
No había relación alguna entre la habitación en la que John había entrado y ésa. 
Sin embargo, el bulto que colgaba del techo era el cadáver ahorcado del médico.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 10

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 10

TONTERÍAS



Los tres se quedaron petrificados.
Dejaron el cadáver de Jay donde estaba y empezaron a buscar el de Richard.
Miraron debajo de las sillas, de las alfombras, de los meses, detrás de las cortinas, en los armarios y hasta salieron al patio y a la cocina.
Nada.
El cadáver no estaba en ningúno de estos lugares. 
El cadáver no estaba.
Ya eran dos los cuerpos desaparecidos. 
Dos cuerpos desaparecidos y un nuevo cadáver.
Cuando pararon de buscar nadie habló. Adolf se sentó en el sofá, John en una silla y Alex empezó a dar vueltas alrededor de la habitación. El cadáver, en el suelo.
Tirado.
Inerte.
Sanguilonento.
Todas parecían querer apartarlo de sus mentes.
Ninguno lo conseguía realmente.
El silencio se fue haciendo cada vez más tenso a medida que los diferentes miembros del grupo iban extrayendo sus propias exclusiones. ¿Quién había sido el único que había tenido a Jay y al cadáver a su alcance todo el tiempo?

- ¿Qué hacemos con él?

John había roto el silencio y sacado a Adolf y a Alex de sus reflexiones. 

- No sé -dijo Alex-. ¿Qué debemos hacer? Está muerto. lo peor que le puede pasar es desaparecer. 

- Habría que intentar evitarlo, ¿no?

- ¿Como con Richard? -dijo Adolf.

- No, con Richard no hicimos nada para evitarlo.

- ¿Y qué podemos hacer para evitarlo? -preguntó Alex.

- No sé.

Se impuso de nuevo el silencio. Sin embargo, esta vez fue mucho menor y fue Adolf el que lo rompió.

- ¿Cómo hiciste para pintarlo? -dijo mirando directamente a John.

- ¿Para pintar lo qué? -preguntó John.

- El mensaje.

- ¿Qué mensaje?

- El del desván.

- ¿Qué quieres decir?

- Sabes muy bien lo que quiero decir -Adolf se levantó-. Tú mataste a Jay y escribiste el mensaje. Posiblemente también matarás a Richard. Y me apuesto lo que quieras a que el cadáver no estaba muerto y era un cómplice tuyo.

- Adolf, no hagamos acusaciones en vano, no nos llevarán a nada -dijo Alex.

- No es ninguna acusación en vano. Es una acusación en toda regla -Adolf se levantó y se fue acercando a John-. Tú lo mataste. ¿Dónde está el arma? ¿La tienes escondida?

- No sé de que hablas, Adolf, de verdad. 

Adolf se acercaba cada vez más y más a John. Este se levantó y empezó a retroceder.
Chocó con la puerta y se quedó allí. Adolf siguió avanzando. Cuando llegó hasta donde estaba John, estiró el brazo con la mano abierta y dijo:

- El arma. Dámela.

John no se movió. Tampoco habló.

- ¡¡EL ARMA!!

Adolf acercó su cuerpo al de John aún más y volvió a gritar, ahora con más intensidad.

- ¡¡¡EL ARMA!!!

John no hizó ningún movimiento. Tenía miedo. Empezó a hablar con un tono muy nervioso.

- Adolf, te juro que no sé de que hablas. Yo no tengo ningún arma, no he matado a nadie. Cuando volví del baño, jay ya estaba muerto. Al igual que el cadáver del....

- ¡¡¡¡¡¡¡¡EL ARMAAAAAAAA!!!!!!!!

Adolf acompaño este último grito con un puñetazo hacia la pared que dejó su puño dentro de la misma.
En ese momento, Alex intervino. Apartó a Adolf de John y se lo intentó llevar a una esquina.
Adolf se resistió mucho al principio, pero Alex empezó a hablarle y se tranquilizó:

- Adolf, tranquilízate, no podemos acusar a nadie. Si empezamos a echarnos la culap entre nosotros estamos destinados a un final peor que el de nuestros amigos. Tenemos que estar unidos y encontrar al asesino. Tiene que estar aún en la casa, para salir, tendría que haber saltado desde la ventana y le habríamos oído. Y sino tendría que haber pasado por aquí. Aún está aquí y hay que encontrarlo. Adolf, tranquilo.

Adolf se calmó con estas palabras. 

- Lo siento, he perdido los estribos. Lo siento, John.

Empezó a buscar a John con la mirada.
No lo encontró. 
No estaba en la habitación. 
Lo único que delataba su huída era la puerta abierta y la pajarita que hace unos momentos llevaba al cuello y que ahora se encontraba abandonada en el suelo. 

- Asesino. Canalla. Hipócrita. ¡Mentiroso! ¡Estafador! ¡¡¡ASESINO!!! ¡¡¡¡JOOOOOOOHN!!!!

Adolf había empezado hablando con un tono de voz normal y había ido subiéndolo a medida que su ira aumentaba.
Después de pronunciar la última palabra salió corriendo y gritando el nombre de John. 
En su alocada carrera, golpeó una puerta con el puño y la rompió.

- Sino lo sigo, lo mata -dijo Alex.

Y empezó a correr tras su amigo alemán con la intención de salvar a John.

lunes, 17 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 9

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 9

SOBRE LA MUERTE DE JAY


- ¿Qué has hecho? -gritó Adolf furioso-. ¡Asesino! ¡Desgraciado!

Se acercó a John y justo cuando iba a golpearle Alex le paró.

- ¿Qué haces? ¿No ves que él lo ha matado? ¡Maldito bastardo!

- No, no fui yo -gimoteó John.

- ¿Quién fue entonces? -preguntó Adolf.

- No lo sé.

John se hecho a llorar en ese momento.

- Vamos a llevar a Jay hasta el salón y allí esperaremos a que John se tranquilice para que nos pueda contar que es lo que pasó -dijo Alex.

Adolf y Alex llevaron el cuerpo inerte de Jay hasta el pórtico y los entaron en un banco. Luego volvieron a por John, que no se había movido, y le ayudaron a ir hasta el pórtico. 

Entonces entraron en el recibidor y dejaron a Jay en un banco que allí había. Sentaron a John en otro y esperaron a que se tranquilizara un tanto. Cuando dejó de llorar, Alex le preguntó.

- ¿Qué es lo que ha pasado?

- Yo estaba aquí con Jay -empezó John con un tono de voz bajo pero notablemente más sereno que antes-. Entonces sentí la necesidad de ir al baño y me excuse. Fueron sólo unos tres minutos a lo sumo y a Jay no pareció importarle -su tono empezó a volverse más inseguro y titubeante-. Cúando volví, Jay no estaba aquí. Lo llamé para comprobar si había salido al pórtico a tomar el fresco o algo por el estilo. No obtuve respuesta. Entonces... salí al patio con la linterna y... -rompió a llorar-. Y lo encontré.

Alex y Adolf se callaron durante unos segundos y entonces Adolf saltó sobre John y empezó a golpearlo. John no podía ofrecer resistencia alguna ante la gran mole alemana que estaba atacándole. Alex intentó sacar a Adolf de encima de John y, después de numerosos esfuerzos, consiguió inmovilizarle un brazo y apartarlo un tanto del médico. Antes de que volviera al ataque, gritó a Adolf:

- Adolf, ¡¿qué haces?! ¡Él no ha sido!

- ¿De verdad crees a este sucio hipócrita asesino? ¡Está mintiendo! ¡Tuvo que ser él!

- Adolf, la sangre...

Adolf no entendió el mensaje a la primera, pero después de unos segundos su rostros se iluminó y pareció entenderlo. Se llevó al mano a la cara y, con una expresión de total perplejidad en su rostro, se apartó de John y se quedó sentado en una esquina de la estancia. 
Su perplejidad se tornó en asombro y luego en el terror más absoluto. Se quedó sumido en una especie de letargo y parecía que nada de lo que pasaba a su alrededor le afectaba lo más mínimo. 

- ¿Qué... qué sangre? -preguntó John.

Alex tomó aire y le realtó los acontecimientos sucedidos en su inspección del desván. Luego concluyó:

- No sé si tu has matado a Jay, pero es imposible que tu hayas escrito ese mensaje. La sangre del techo era muy fresca y tus gritos sonaron poco después de que nosotros descubrieramos el mensaje. 

- Yo no he sido -dijo John, que parecía haberse recuperado de su shock-. Yo no maté a Jay. ¡Os lo juró!

- Ahora no podemos pensar en eso. Vayamos al salón y pensemos en como descubrir quién fue el que escribió ese mensaje en el techo. El que lo hiciera tiene que ser también el asesino, y esa sangre tiene que ser la de Jay. Adolf, vámonos.

Adolf se sobresaltó un tanto y, sin cambiar su expresión, se levantó y ayudo a Alex a transportar el cadáver. Cuando entraron en el salón, el cadáver de Jay se les cayó de las manos. 
El sofá estaba vacío. 
El cadáver de Richard no estaba allí.

domingo, 16 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 8

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 8

10 GOTAS


- ¿Por dónde empezamos? -preguntó Alex.

- Lo mejor sería empezar por la planta más alta e ir bajando -respondió Adolf.

- Sí, será lo mejor.

Los dos comenzaron a subir escalones hasta llegar a la planta más alta. 

- ¿Subimos al desván? -preguntó Adolf.

- Sí... Será lo mejor... Pero no te acerques a la ventana.

Accedieron al desván por la trampilla del techo. La habitación estaba muy oscura y había en ella infinidad de muebles. Pudieron observar que la ventana seguía abierto y Adolf la cerró rápidamente. 
Con ayuda de sus linternas empezaron a busacr en todos los posibles escondites que había en el desván. Movieron cajas, descolocaron sofás, desplazaron muebles, vaciaron armarios,...
El desván era verdaderamente amplio y tardaron mucho tiempo en revisarlo todo.
Cuando creyeron haberlo inspeccionado todo, descendieron por la trampilla.
La oscuridad en el desván era densa, pero sin embargo era mucho menor a la reinante en la planta más alta de la vivienda. Esto se podía deber a la inexistencia de ventanas en el pasillo que daba al desván.

- Esto está mucho más oscuro que el desván, ¿no crees? -dijo Adolf.

- La verdad es que sí -respondió Alex.

- Es una oscuridad desconcertante.

- ¿Por qué? Es simple oscuridad. Es de noche.

- Sí, sin embargo nunca había observado una oscuridad tan densa. Parece casi artificial. Agobiante. Simplemente, desconcertante.

- No exagere, amigo mío. Es simple oscuridad. Y ni siquiera estamos totalmente a oscuras. Nos acompañan las linternas del difunto Richard.

- En eso tiene razón, pero sin embargo hay algo en esta oscuridad reinante que me llama la atención. Nunca me había sentido tan atrapado por... ¿que ha caído sobre mi cara?

Una gota líquida se había posado en ese momento sobre la cara del alemán. Alex le apuntó con la linterna. Una segunda gota salpicó el rostro del germano. En su cara se veía reflejado el más puro temor.

- Amigo mío, ¿que este líquido que baña mi cara?

Una tercera gota.
Y una cuarta.
Alex se fue acercando.
Tomó un poco de esta substancia en su mano y la acercó a su cara.
Una quinta gota.
La observó con la linterna.
La sexta gota caía en ese momento sobre el rostro de Adolf.
Se la llevó a los labios.
Una séptima gota.
La saboreó.
La octava.
Alex levantó la vista hacia la cara de su amigo, totalmente pálida de terror en ese momento.
La novena gota se derramaba ahora sobre la asustada faz del germano.

- Es sangre.

Una décima gota.
Alex apuntó al techo con su linterna.
Después de un momento, Adolf hizo lo propio.
Y los dos observaron las palabras grabadas en sangre roja, roja como las brasas de una hoguera, que tanto contrastaban con el solemne blanco del techo de Richard.



WRONG WAY



Ninguno de los dos habló.
Se impuso el silencio.
Un silencio profundo, inquieto y artificial.
Un silencio que compartió muchos matices con la oscuridad reinante en esa planta de la vivienda de Richard. 
Oscuridad.
Silencio.
Calma aparente.
Y entonces se impusó otro sonida a la ausencia de de sonido. El ruído del gotear leve de la sangre del techo, que cedía ante el peso de la gravedad, como los humanos cedemos ante el paso del tiempo, y se iba a reunir con el suelo, que bien podría servir de metáfora para el mar. De esta forma, la sangre se unía a la alfombra del mismo modo que las aguas de un río se juntan con las del mar, que es el morir. Y es que ni los elementos más inaninimados pueden eludir a la muerte.

Un grito imperiante se eleva ante toda esa calma y hace a Adolf y a Alex salir de su estado de semiconsciencia. 

- ¡¡¡ADOOOOOLF, ALEEEX!!!

Era John el que gritaba. 
El grito provenía del patio.
Adolf y Alex dejaron de mirar el techo y se miraron el uno al otro antes de salir corriendo escaleras abajo hacia el patio.
Cuando llegaron a donde estaba John no vieron a Jay en ningún lado.
John estaba de espaldas y entonces se dió la vuelta.
Toda su camisa estaba manchada de sangre y de sus ojos resbalaban sendas lágrimas.
Quería hablar y abría la boca, pero sin lograr articular ningún sonido coherente. Sólo pequeños balbuceos.
Entonces se hizo a un lado y Alex y Adolf pudieron observar un cuerpo degollado y con la expresión del más puro terror en su rostro.
Debido a la gran contracción de sus músculos faciales, ni Adolf ni Alex supieron quien era ese hombre.
Entonces John, desde detrás de ellos y con grandes esfuerzos, dijo con una voz gimoteante:

- Es Jay.

Si los muertos hablasen... 7

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 7

ORGANIZACIÓN



- Entonces, ¿qué debemos hacer? -dijo Jay.

- Buscar al culpable, obviamente -respondió Adolf.

- ¿Pero cómo vamos a saber quién es el culpable? -dijo John.

- Tiene que ser uno de nosotros -sentenció Jay.

- Yo creo que no -intervino Alex-. ¿Qué estábamos buscando? El cadáver. Y si el cadáver se movió es que estaba vivo, ¿no? John, ¿es posible simular la muerte de algún?

- Sí, claro. Hay diversos compuestos que pueden hacer reducir tus pulsaciones hasta que parezca que estas no existen. 

- Si eso es así, ¿sería tan extraño que este hombre fuera un asesino que quería ver muerto a Richard y que se aprovechó de nosotros para llegar a su casa y matarlo?

Todo el mundo se calló. Era una idea muy enrevesada, pero nadie quería sopesar la otra posibilidad de que uno de ellos fuera un asesino.

- ¿Y qué propones? -preguntó Adolf.

- Encontrarlo y apresarlo.

- Si ese hombre ha matado a Richard, ¿qué te hace creer que no matará a uno de nosotros? -preguntó Jay.

- Mató a Richard estando este último sólo y desprevenido. Si nosotros no nos dividimos y estamos alerta, es imposible que nos pueda matar.

-¿Y si está oyendo esto y escapa? -dijo John- No sería tan difícil, a fin de cuentas. Si los 4 nos alejamos del recibidor, escapar de aquí sería tan díficil como andar hasta la puerta y abrirla.

- Tienes razón... Lo más sensato sería dividirnos en grupos de dos. Que un grupo se quede en  el recibidor y vigile el patio por si ve salir a alguien por la ventana. El otro grupo debería hacer una búsqueda por toda la casa.

Todos asintieron. 

- ¿Y cómo dividimos los grupos? -pregunta Jay.

- Eso es sencillo -dijo Adolf-. Cogeremos cuatro palillos y cortaremos uno de ellos a la mitad. Luego los igualaremos y yo los cogeré en mi mano. Cada uno escogerá un palillo y yo me quedaré con el que sobra. Los dos con el palillo largo irán en el mismo grupo y los dos con el palillo corto, lo mismo. Los que tengan el palillo largo se van a inspeccionar la casa y los que tengan el palillo corto se quedan a vigilar las salidas.

Todos asintieron y Adolf procedió a preparar todo. Partió un palillo a la mitad y cogió las dos mitades y otros dos palillos enteros. Agarró todos con la mano, los igualó y los hizo girar para que nadie supiera donde estaba cada palillo. 
Luego, Alex se acercó y cogió uno. Sacó un palillo largo. 
El siguiente fue John y cogió un palillo corto. Luego Jay cogió otro palillo corto.
El palillo sobrante correspondía a Adolf y lo emparejaba con Alex.
De este modo, Alex y Adolf dejaron a Jay y John en el recibidor al tiempo que se encaminaban a buscar la otra forma de vida de la mansión.

jueves, 13 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 6

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 6

LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE ES EL MISTERIO



Alex corrió. Se alejó del cadáver de su amigo en busca de sus amigos.
Cuando llegó al pórtico ellos ya estaban saliendo.

- ¿Lo encontraste? -preguntó John.

- Encontré un cadáver, sí, pero no el que buscamos.

- ¿Qué quieres decir, Alex? -preguntó Jay.

- Que encontré un cadáver, pero no es el que trajimos aquí.

Jay, John y Adolf se miraron. Alex se dirigió hacia el lugar donde estaba el cadáver y los otros le siguieron.
Al llegar todos se quedaron estáticos observando al recién fallecido Richard.
Fue Alex el que habló:

- ¿Qué hacemos con él?

John se encaminó hacia el cadáver y le tomo el pulso.
Levantó la cabeza y negó.

- Lo más conveniente sería llevarlo al interior de la mansión para que John no pueda examinarlo, ¿no? -dijo Jay.

- Sí, será lo mejor -respondió John.

Entre los cuatro cargaron el cadáver de su amigo hasta el salón y John comenzó a examinarlo.

- No tiene pulso y tampoco respira. Tiene una herida sangrante en la mitad superior izquierda de la cabeza. Posiblemente esto haya causado una contusión cerebral que lo llevó a la muerte, ya que no había demasiada sangre en donde él estaba, por lo que no pudo desangrarse. Parece que se golpeo la cabeza. Quizá se cayera al suelo y chocara contra una piedra, pero eso es imposible, ya que Richard estuvo en el desván todo el rato. Yo mismo lo vi subir hacia él.

- Cuando llegue me fije en que la ventana del desván estaba abierta, ¿no se pudo caer por allí? -dijo Alex.

- Imposible, demasiada distancia. Si hubiera pasado eso tendría alguna vértebra rota o el cráneo abierto del todo. Tuvo que caer desde menos distancia. Como mucho un metro y medio de altura.

- Yo me fije en que en la casa, justo debajo del desván, hay un pequeño saliente al que se puede encaramar una persona -era Adolf el que hablaba-. Esta a poco más de un metro del suelo. ¿Y si Richard cayó desde la ventana del desván y frenó, sin lograr evitarla, su caída?

- Puede ser. Quizá intentara encaramarse y lo consiguió, para luego resbalarse, caer y morir -intervino Jay.

- Sí, eso pudo ser -dijo John-. En cualquier caso, ¿cómo pudo caer por la ventana? Mejor dicho, ¿quién le hizo caer por la mirada?

John miró con una mirada reveladora a todos sus amigos, y ellos a su vez se miraron con desconfianza entre ellos.

- Creo que hay un dato relevante que hemos pasado por alto -dijo Alex.

- ¿Cúal? -preguntó Jay.

- ¿Os habéis fijado en la cara de Richard? Está... tranquilo, por así decirlo. Si alguien le hubiera sorprendido o le hubiera tirado por la ventana, su cara no sería esa. Quiero decir, ¿creéis de verdad que si uno de nosotros os hubiera matado moriríais con esa cara tan... calmada?

Todos se callaron. Las palabras de Alex habían derrumbado las desconfianzas que se habían afianzado en el ambiente con tanta rapidez.
Las miradas incriminadoras se fueron con la misma rapidez con la que habían llegado.

- Y si ninguno de nosotros lo ha matado, como bien apunta Alex, ¿debemos suponer que se cayó él sólo? -dijo John.

- Yo no estoy del todo de acuerdo con Alex -intervino Adolf-. Creo que la muerte no fue instantánea, y en los segundos antes de la muerte, los músculos de Richard se pudieron relajar. Es cómo si observáramos un camino de tierra después de llovido. Nunca podremos saber si antes había o no había huellas.

Silencio de nuevo.
Alex abrió la boca para hablar pero tuvo que cerrarla rápida, al tiempo que adoptaba una expresión de sumisión y de acuerdo con las ideas de Adolf.
Nuevas miradas incriminatorias.
Nuevas desconfianzas.
Nuevas dudas.
Pero había una cosa que prevalecía.
El misterio.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 5

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 5

CAZA DE BRUJAS



Antes de comenzar a describir lo que aconteció en la búsqueda quiero dar unas ideas claves para la comprehensión de la misma que atañen estrictamente a la instalación del alumbrado de la vivienda.
La casa de Richard era una casa impresionante y con un sinfín de comodidades, pero era antigua. En su construcción no se instaló ningún tipo de aparato eléctrico, como las bombillas y, a pesar de su posterior modernización, la planta alta de la casa no contaba con ningún tipo de alumbrado eléctrico. Es decir, para andar por las plantas de arriba necesitabas una fuente de luz portátil o encender todas las lámparas de aceite de la vivienda, algo a lo que nuestros compañeros no estaban dispuestos. 
Por ello, la solución lógica que adoptaron fue llevar lámparas eléctricas para efectuar la búsqueda.
Se dividieron por la vivienda. Richard se encargó de inspeccionar la parte más alta de la vivienda (el desván) ya que era el único que la conocía. 
John y Jay se encargaron del ala norte y sur de las habitaciones. Adolf se encargó de inspeccionar la parte baja de la vivienda (excepto las estancias en las que se encontraban, véase el salón, la cocina y el recibidor, que además contaban de iluminación eléctrica).
Y por último, Alex se encargó del patio. Él fue el que eligió este lugar porque le gustaban los exteriores. nadie lo quería porque todos tenían miedo a la oscuridad que reinaba en este lugar. Sin embargo, Alex no se preocupó demasiado por ello. 
Alex debía llevar unos 15 minutos fuera cuando llegó al patio trasero. Observó que había una ventana abierta en uno de los torreones que daban al desván. 
Luego observó el terreno del patio y vio un bulto inusual en el mismo. 
Apuntó a ese punto con la linterna y descubrió que era un cuerpo humano. 
"Se acabó la búsqueda" se dijo. Y sonrió de alivio. La verdad es que la tensión del asunto no le estaba haciendo bien. Quería dejar este asunto zanjado cuanto antes y así intentar disfrutar del resto de la noche.

- ¡¡¡¡ADOLF, JAY, RICHARD, JOHN, LO ENCONTRÉ!!!! ¡¡¡¡VENID AQUÍ, ESTOY EN EL PATIO!!!!

Alex gritó esto a pleno pulmón y luego se dirigió a reconocer el cadáver.
A medida que se fue acercando fue dándose cuenta de que algo fallaba. El cuerpo estaba en un ángulo demasiado extraño como para haber llegado allí de forma natural. Y lo más extraño, ¿qué hacía ahí?
Si en realidad estaba vivo, ¿qué hacía tumbado en el jardín?
Estas dudas fueron anidando en la mente de Alex y creando una gran incertidumbre en su corazón. 
Hasta que llegó al cadáver.
Parecía más alto y mayor que el que habían recogido. 
La cara de ese cadáver estaba empotrada contra el suelo. 
Dio la vuelta al cadáver y no dio crédito de lo que estaba viendo.
Ante él no tenía al cadáver que habían recogido.
Lo que observaba ahora mismo no era el rostro del anónimo al que habían recogido.
Era el rostro de Richard.

martes, 11 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 4

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 4

ESTE MUERTO ESTÁ MUY VIVO



Silencio total.
Ese silencio que suele preceder a la tempestad.
Ese silencio que se produce mientras estás asimilando una situación y una información del todo inesperadas.
Ese silencio tenso en el que unos miran a otros.
Silencio total.

Y luego tempestad. Expresiones de horror, desconcierto e incredulidad. Una amplia gama de sentimientos se reflejaban en los rostros de 3 de los presentes. Sin embargo, dos de ellos mantenían el mismo rostro desde que Adolf había anunciado la desaparición. Uno de ellos era Adolf. Era evidente que no tenía motivos para cambiar la expresión. Él ya lo sabía.
El otro era Richard. Su rostro se mantuvo decidido, como siempre, y salió con rapidez de la habitación.
Los otros no percataron su ausencia y John empezó a discutir con Adolf:

- Es imposible que no esté donde lo dejamos, está muerto, yo mismo lo comprobé, sé que está muerto. Sabemos que está muerto. ¿No te habrás equivocado de habitación? Es una casa enorme, lo más probable es que fuera eso lo que te pasó. No pasa nada, iremos ahora a la habitación que es y ya veréis como está ahí. Está ahí, tiene que estarlo, está muerto, yo lo comprobé, sé que está muerto, sabemos que está muerto...

John siguió hablando y hablando. La verdad es que nadie le hacía caso. Adolf estaba muy pálido y no daba señales de vida. Nadie sabía como se mantenía de pie siquiera. Alex estaba planteándose todas las posibles salidas lógicas de esta misteriosa desaparición. Mientras tanto, Jay aún parecía estar digiriendo esta información y tenía una expresión vacía. Su boca sólo se abría entre pedazo y pedazo de tarta.
Después de un rato de inconexas afirmaciones sobre la veracidad de su análisis y la certeza de la muerte del sexto comensal, John dijo algo coherente.

- ¿Dónde está Richard?

Alex, Jay y Adolf parecieron despertar y miraron a su alrededor. Al no ver nada se preocuparon. ¿Por qué no estaba su anfitrión?

- Claro, es lógico -John seguía hablando-. Fue Richard el que escondió al cadáver. Es todo un juego, una broma pesada. Ahora habrá que...

- Es imposible que Richard escondiera el cadáver -le interrumpió Alex-. Richard estuvo durante toda la cena con nosotros y solo se ausentó durante seis minutos. Además, Adolf salió de la habitación casi al mismo tiempo que él para buscar el licor.

- Es verdad -dijo Adolf-. Además, al salir, pasé por la cocina y ve a Richard preparando los platos en ella.

- No deberíamos preocuparnos por eso -dijo Jay-. Deberíamos preocuparnos por donde está el hombre que mejor conoce la casa en la que nos encontramos en plena noche y sin ninguna forma de obtener ayuda si... llegará el momento.

- ¿Qué estás insinuando?

Richard apareció por la puerta que conecta a la cocina y el salón con cinco linternas.

- No tengo pensado mataros -dijo Richard.

- No quería decir eso...

- Claro que sí que querías decirlo.

A esas palabras sucedió un tenso e incómodo silencio mientras Richard avanzaba hacia la mesa, colocaba las bombillas y se comía su pedazo de tarta, al tiempo que hacía sendos ademanes invitando al resto a acompañarle. Comieron en silencio y cuando acabaron fue Richard el que habló.

- Señores, desde mi punto de vista hay dos posibilidades. La primera es que el análisis de John no fuera cierto y que nuestro amigo ande perdido por la casa -en ese momento John abrió la boca pero Richard lo hizo callar con una severa mirada- y la otra es que nuestro amigo Adolf nos haya gastado una gran broma a todos, por lo que habría que aplaudirlo. sin embargo, toda broma tiene su fin y el de esta ha llegado. ¿Era una broma, Adolf?

Adolf negó con la cabeza.

- Lo suponía. Por lo tanto sólo nos queda la primera posibilidad. Y propongo buscar a nuestro amigo con la ayuda de estas linternas.

- Mi análisis ha sido correcto -dijo John.

- Siempre queda una posibilidad. Que el muerto haya resucitado.

El que había hablado fue Alex.
Jay y Adolf sonriero ante esta idea, pero John, Richard y Alex permanecieron serios.

- No estáis pensando en serio que el cadáver ha revivido, ¿verdad?

Richard y Alex callaron, pero John habló:

- La verdad, es que no es del todo imposible. Hay ciertas posibilidades de que un ser humano pierda el pulso durante unos minutos y luego reviva. Mi análisis no es corriente, pero eso no implica que el cadáver no este vivo. No confundáis esto con ningún tipo de acción sobrenatural, son cosas que pasan a veces. Muy ocasionalmente, la verdad, pero ocurren.

Todos estaban serios ahora. Se impuso un silencio que Richard rompió:

- Que cada uno coja una linterna, vamos a explorar la casa en busca de nuestro amigo.

lunes, 10 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 3

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 3

EL SEXTO COMENSAL




La noche transcurría con normalidad. La conversación entre los 5 hombres era animada y el ambiente, distendido. La comida era excelente y abundante. Después de una hora comiendo, Richard decidió servir el postre y todos asintieron.
Richard salió del salón hacia la cocina y los 4 hombres quedaron solos. Jay sacó un cigarro y empezó a fumar.
Fue entonces John el que rompió el silencio (como solía hacer) para dirigirse a Alex:

- ¿Cómo va el gran negocio americano, Alex?

- Pues ningún broker se puede quejar. Y menos teniendo como cliente a un hombre con el dinero de Richard. La banca no baja. Lleva varios meses en un continuo ascenso. Y además, cada vez son más las empresas punteras que surgen. La tecnología avanza a pasos agigantados y parece que cada día la bolsa brilla un poco más.

- ¿Cómo es trabajar en la bolsa? -interrumpió Adolf con su característico acento.

- Pues es agotador, pero cada día sales de allí con más dinero, así que creo que se recibe recompensa.

- Es curioso eso de la que la bolsa nunca baja -dijo John-. ¿No tienes miedo de que un día baje de golpe? Es decir, aunque nuestro ritmo de vida sea cada vez más sonado, no podemos mantener ese ritmo eternamente. Algún día se desplomará. ¿No tienes miedo de perderlo todo?

- Que la bolsa se desplome o no depende de las empresas -intervino Jay-. Y créeme cuando te digo que la empresa de ninguno de los aquí presentes se desplomará. Cada día son más firmes, la crisis es inviable. No sucederá, al menos en nuestra sociedad. Muchas generaciones deberían pasar y muchas cosas debería cambiar para que la bolsa se desplomé.

Alex y Adolf asintieron dándole la razón, pero John no parecía convencido. Parecía estar pensando en lo que iba a decir cuando Adolf se levantó y dijo:

- Me acabó de acordar de que traje una botella de whisky para después de la cena. La dejé en la habitación con los abrigos y el... sexto comensal. Voy a por ella y bajó ahora.

Después de estas palabras Adolf se levantó y abandonó la habitación.
Y entonces John, que parecía haber aclarado sus ideas, habló:

- Pero si la bolsa nunca sube eso significa que los precios de las empresas también deben hincharse para mantener este ascenso, ¿no?

Alex y Jay asintieron.

- Entonces, ¿queréis decir que los que permiten este ascenso y nuestro enriquecimiento y, en definitiva, los que mantienen nuestro nivel de vida, son el proletariado y las clases medias y bajas que compran los productos que fabrican las empresas?

- En efecto -Richard acababa de entrar y cargaba cinco platos con sendos trozos de tarta nevada de dos niveles-. ¿Cómo creías que funcionaba esto si no? El enriquecimiento de la clase alta y la subida de la bolsa se produce gracias a la participación de los ciudadanos en el mercado. Nosotros ganamos dinero y ellos no lo pierden, ya que a pesar de que los precios suben, también lo hacen los salarios. Y sino suben los salarios, se reducen las jornadas o se conceden bajas o se crean seguros laborales. En definitiva, en esta sociedad unos pocos nos enriquecemos a costa de que los demás ciudadanos absorban nuestras pérdidas mediante su "no-progreso". Puedes considerarlo o no justo, pero es tremendamente efectivo y beneficioso para nuestros intereses.

- Pero Richard -replicó John-, tu vienes de una familia humilde, ¿no te enfada la situación en la que viven los que antes eran de tu condición?

Richard acabó de colocar los platos despacio y mirando al suelo, y cuando parecía haber eludido la pregunta de John, se acercó a él despacio.
Sus ojos se fijaron con fijeza en John y su expresión se endureció. Ya no quedaba en ella nada de la simpatía que había profesado al médico hace unos instantes.

- Nunca, nunca, menciones mi pasado en mi presencia -dijo Richard-. Nadie sabe bastante del como para hablar con ligereza de ello, y menos en mi presencia. Y tampoco cuestiones mi ética. A pesar de que el sistema no es del todo justo, tampoco es injusto. El resto de ciudadanos no pierde nada con él y tú mismo te ganas la vida gracias a él. Da gracias a lo que tienes y nunca cuestiones la ética de tus acciones o de las acciones de los que te rodean. Y aún menos de las mías. ¿Y dónde diablos está Adolf?

Alex abrió la boca para responder pero Adolf apareció por la puerta por la que había salido. No llevaba botella alguna en la mano y su rostro, normalmente rosado, estaba ahora extremadamente pálido, como si se le hubiera aparecido algún tipo de ente sobrenatural.

- ¿Qué pasa, Adolf? -preguntó Jay.

- El cadáver...

- ¿Qué le pasa al cadáver? -preguntó Alex.

- El cadáver... el cadáver...

- ¿Qué le ha pasado al cadáver? -pregunto John con angustia.

- ...

- Maldita sea, Adolf -gritó Richard a la vez que se acercaba a su amigo y lo sacudía por los hombros-. ¡¿Quieres hablar de una maldita vez?!

- El cadáver... no está.

domingo, 9 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 2

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 2

LA ÚLTIMA CENA



John se acercó a él rápidamente para tomarle el pulso.

- No tiene pulso -dijo John-. Está muerto.

Los 4 amigos se miraron entre sí con gravedad y fue Adolf el que habló:

- ¿Qué le pudo haber pasado?

- Pues no hay marcas de ninguna herida mortal ni tampoco de asfixia. La muerte pudo producirse o bien por un veneno o por alguna enfermedad o un infarto. No se puede saber nada más ahora mismo.

- ¿Y qué hacemos? -preguntó Alex.

- Llevarlo a casa de Richard. Mañana lo llevaremos a Nueva York y se lo entregaremos a los miembros de su familia.

Los amigos asintieron y entre Adolf y John lo cargaron por el camino.
Ni Alex ni Jay reanudaron la discusión. La verdad es que nadie habló nadie más hasta que llegaron a la casa de Richard.
La casa de su anfitrión se encontraba en un lugar prácticamente inhabitado. Las únicas personas que había vivían a un kilómetro de ella.
Cuando llegaron a la casa, Richard los esperaba en el pórtico. 
La casa que había delante de ellos era realmente imponente. Ostentosa. Enorme. Lujosa. Y negra. Estaba pintada en un uniforme color negro que le aportaba una gran clase y la distinguía de muchas de las casas grandes que había por el país. 
Lo más curioso de la casa era el pórtico. Era enorme, casi tan grande como la cocina, y tenía hasta una pequeña chimenea, algo totalmente irracional y excéntrico. Más aún teniendo en cuenta que en el salón no había chimenea alguna. Sin embrago, Richard era así. Era un hombre más que peculiar.
Tenía unos 50 años pero aparentaba 40. Su rostro era jovial y su estado de forma admirable para una persona de su edad. Su pelo castaño era corto y presentaba una barba que, lejos de envejecer su apariencia, parecía rejuvenecerla. Sus ojos eran profundos y tenían una continua chispa de vivacidad. Parecía que te penetraban.
Richard era un hombre rico de orígenes humildes. La verdad es que nadie sabía a ciencia cierta como había logrado su enorme riqueza, pero todo el mundo conocía la existencia de la misma y la influencia que le propiciaba era notoria. 
En ese momento, Richard controlaba sus múltiples negocios en diversas industrias por medio de una extensísima red de delegados. Él rara vez abandonaba su vivienda y cuando lo hacía todo el mundo sabía que iba a pasar algo grande. 
A pesar de esta actitud aparentemente clasista y extravagante, Richard era un hombre extremadamente querido en toda la ciudad de Nueva York. Y lo que era más importante, daba unas fiestas increíblemente grandes y exageradas en su casa siempre que recibía una suma de dinero importante. 
Y eso solía pasar muy a menudo. El año pasado se calcula que Richard gastó unos 500000 dólares en sus fiestas. Esa era la fortuna que un hombre de clase media podía soñar con acumular a lo largo de varias generaciones.
El hecho de que a su casa sólo acudieran 4 personas era extremadamente extraordinario. 
Richard conocía a Adolf y a Jay debido a diversos negocios que había mantenido con ellos a lo largo de los años y que habían acabado de una forma satisfactoria para ambas partes.
Alex era el broker que guiaba a Richard en su inversiones en bolsa. En los 4 años que llevaban colaborando habían obtenido 200000 dólares. 
Y John era el médico de Richard. Había conseguido salvarlo del tifus hacia unos 15 años y desde entonces John era el único médico que visitaba Richard.

Cuando los 4 amigos llegaron a la casa de Richard este corrió a saludarles. A la mitad del camino observó el cadáver que portaban y se apresuró a ayudarlos. Cuando llegó a ellos les arrebató el cadáver y les instó a entrar en casa. Pasaron hasta el gran salón y Richard dejó al cadáver en el sofá.

- ¿Qué habéis hecho? -preguntó.

- No hemos hecho nada. Ya estaba muerto cuando lo encontramos -se apresuró a decir John.

Richard se relajó un tanto al escuchar esto.

- John nos recomendó traerlo aquí para poder llevarlo a Nueva York y entregarlo a los posibles familiares mañana cuando volvamos -intervino Alex.

- Bien pensado, sí, es una gran idea -dijo Richard-. Es lo mejor que podemos hacer dadas las circunstancias. Sin embargo, no me gustaría que este pequeño incidente enturbiara la velada. es verdad que es un desafortunado final, pero creo que no por eso debemos renunciar a una noche de entretenimiento. Posiblemente sea sólo un caminante que, al volver o irse de la ciudad, sufrió un infarto y murió. Propongo que nos olvidemos de este asunto hasta mañana. Adolf, Jay, ¿os importaría llevar a nuestro inerte e inesperado amigo a un cuarto junto con vuestros abrigos?

Los dos hombres asistieron y cogieron el cadáver y los abrigos y los llevaron a una habitación de la planta superior.
Mientras tanto, John, Alex y Richard quedaron en el salón. 

- ¿Qué hay de cenar, Richard? -dijo John.

- Ni yo mismo lo sé. La señora Smith continúa en la cocina preparando la cena. Afirma que es una sorpresa. El servicio ya está puesto y cuando nos traiga la cena ya se irá a su casa.

- Perfecto -dijo John-. Pues esperemos a que vuelvan Jay y Adolf y comencemos. 

Los tres hombres fueron tomando asiento en la mesa del salón. Un rato después, Adolf y Jay bajaron y la señora Smith trajo la comida. Había carne, verduras y ensalada en abundancia. 

- Señor Richard, el postre está en la cocina, ¿cuándo acaben de comer serían tan amables de ir a por él o prefiere que espere con ustedes y les sirva?

- No, claro que no, puede usted retirarse. Yo serviré el postre.

Y de este modo, la señora Smith dejó a los 5 hombres solos en el salón y a un hombre inerte en la habitación. 
Todos pensaban que la noche de hoy iba a ser memorable, y todos tenían razón. Sin embargo, nadie se imaginaba cuan memorable sería en realidad.


jueves, 6 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 1

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 1

PRESENTACIÓN FORMAL


El Sol comenzaba a ponerse entre los árboles y los 4 amigos avanzaban por el uniforme sendero de tierra.
Sus sombras se alargaban contra el horizonte mientras mantenían una animada conversación.
Los 4 se conocían desde hacía poco y no tenían demasiado que ver entre ellos, excepto su amigo en común, Richard, que los estaba esperando en su casa.
En ese momento es a dónde se dirigían, a la casa de Richard. Todos vivían en la ciudad menos Richard. él vivía en las afueras. Unos 30 minutos separaban a la ciudad de la casa de su amigo. Los 4 habían decidido reunirse al principio del camino y realizar el viaje juntos, así no les resultaría tan aburrido.
Como he dicho, los 4 se conocían desde hacía poco. Sólo había pasado un mes desde la primera vez que se habían reunido todos en casa de su amigo. Y desde entonces solo se habían vuelto a ver todos juntos otra vez.
Esta sería la 3º vez que el grupo quedaba.
Richard los había reunido la primera vez como motivo de la celebración de un dinero que había conseguido. Ebrio por su éxito, decidió realizar una fiesta grandiosa que duró hasta más allá del amanecer y a la que asistieron más de 40 personas.
Después de que la fiesta acabara sólo quedaban en la casa 4 personas y su propietario. Y estos 5 acordaron comer juntos.
La segunda vez fue Richard el que los llamó en exclusiva. Quedaron para cenar y salieron de la casa hacia las 3 de la mañana.
Esta vez estaba siendo idéntica a la segunda.
Richard los había vuelto a invitar y ellos, sin vacilar, habían aceptado.
Como ya he dicho, estas 4 personas que se dirigían ahora hacia la casa en la que se habían conocido no tenían más que a su amigo en común, sin embargo, se entendían como si llevaran siendo amigos toda la vida.
La persona que encabezaba el grupo era Adolf, un alemán de pelo rubio y robusto. Aunque tuviera un inglés más que notable, su acento era muy notorio y cuando estaba totalmente ebrio acostumbraba a hablar en un alemán muy fluido, para regocijo de los presentes, que esperaban este momento con ansia debido a lo humorístico de ese momento. Adolf trabajaba en la industria naval como constructor y tenía una gran éxito. Era el dueño de un astillero y vivía en una vivienda del centro.
Detrás de Adolf iba Jay. Era hijo de una familia acomodado del centro de EEUU y trabajaba en la industria téxtil. Era el dueño de una gran marca y sus mercancías salían de los puertos más importantes de Europa, América y Asia. Era un hombre de cabellos castaños, con una constitución más bien endeble y unos modales muy refinados que parecía olvidar al dirigirse a sus subordinados.
Al lado de Jay caminaba Alex. Era oriundo de Sheffield y se había mudado a EEUU para unirse al resplandor dorado que en aquella época estaba experimentando la bolsa de Nueva York. Era uno de los más reconocidos brokers del mundo y uno de los hombres más influyentes de Nueva York. Era, además un hombre alto, de pelo moreno y mirada penetrante y seria, con una voz muy grave y un sentido del humor muy agudo y negro.
Detrás de Alex caminaba John. John era posiblemente el hombre más extrovertido del grupo. Era rara la ocasión en la que lo encontraras callado. Se dedicaba a la medicina y era uno de los mejores de la ciudad. Era alto y atlético, de pelo castaño, ojos azules y piel bronceada. No solía vestir traje excepto en las ocasiones más especiales, como aquella.

El grupo seguía avanzando por el paseo y hablando de diversos temas mientras el Sol se iba poniendo. En ese momento, Jay estaba hablando de sus exportaciones y Alex le preguntó:

- ¿Habéis expandido el mercado a Alemania? Con la nueva política de ayudas se esta perfilando como la gran potencia que era antes. Ahora es el momento de comerciar con ella, antes de que todo el mundo lo haga. Los beneficios van a ser asombrosos.

- No creo que Alemania llegue a ser lo que fue nunca más -intervino Adolf-. El Tratado de Versalles ha hecho mella en la economía y en la población, y eso es algo que no se puede remediar. La época de esplendor alemana se acabó cuando Bismarck fue destituido.

- Adolf tiene razón -el que hablaba ahora era Jay-. Alemania está asfixiada por las reparaciones de guerra, su economía, a pesar de haber mejorado, no va a volver a florecer en muchos años. Y cuando florezca de nuevo, yo no estaré vivo para comerciar con ella.

- Os equivocáis -respondió Alex-. El Tratado de Versalles solo esta siendo seguido con extrema dureza por Francia. Gran Bretaña nunca acabó de aceptarlo, y estoy seguro de que en unos años se revocara. Y en ese momento, la economía alemana volverá a florecer e impondrá una autarquía, como venía haciendo. Y ahí si que no vas a poder comerciar con ellos. El momento es ahora, es una inversión viable.

- No estoy tan seguro... -comenzó Jay.

Sin embargo, John los interrumpió y dijo:

- Chicos, ¿qué es eso que está en la cuneta?

Los 4 hombres dirigieron la mirada al punto que John estaba señalando y observaron un cuerpo inerte tirado en la cuneta.