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domingo, 9 de marzo de 2014

Si los muertos hablasen... 2

SI LOS MUERTOS HABLASEN...

CAPÍTULO 2

LA ÚLTIMA CENA



John se acercó a él rápidamente para tomarle el pulso.

- No tiene pulso -dijo John-. Está muerto.

Los 4 amigos se miraron entre sí con gravedad y fue Adolf el que habló:

- ¿Qué le pudo haber pasado?

- Pues no hay marcas de ninguna herida mortal ni tampoco de asfixia. La muerte pudo producirse o bien por un veneno o por alguna enfermedad o un infarto. No se puede saber nada más ahora mismo.

- ¿Y qué hacemos? -preguntó Alex.

- Llevarlo a casa de Richard. Mañana lo llevaremos a Nueva York y se lo entregaremos a los miembros de su familia.

Los amigos asintieron y entre Adolf y John lo cargaron por el camino.
Ni Alex ni Jay reanudaron la discusión. La verdad es que nadie habló nadie más hasta que llegaron a la casa de Richard.
La casa de su anfitrión se encontraba en un lugar prácticamente inhabitado. Las únicas personas que había vivían a un kilómetro de ella.
Cuando llegaron a la casa, Richard los esperaba en el pórtico. 
La casa que había delante de ellos era realmente imponente. Ostentosa. Enorme. Lujosa. Y negra. Estaba pintada en un uniforme color negro que le aportaba una gran clase y la distinguía de muchas de las casas grandes que había por el país. 
Lo más curioso de la casa era el pórtico. Era enorme, casi tan grande como la cocina, y tenía hasta una pequeña chimenea, algo totalmente irracional y excéntrico. Más aún teniendo en cuenta que en el salón no había chimenea alguna. Sin embrago, Richard era así. Era un hombre más que peculiar.
Tenía unos 50 años pero aparentaba 40. Su rostro era jovial y su estado de forma admirable para una persona de su edad. Su pelo castaño era corto y presentaba una barba que, lejos de envejecer su apariencia, parecía rejuvenecerla. Sus ojos eran profundos y tenían una continua chispa de vivacidad. Parecía que te penetraban.
Richard era un hombre rico de orígenes humildes. La verdad es que nadie sabía a ciencia cierta como había logrado su enorme riqueza, pero todo el mundo conocía la existencia de la misma y la influencia que le propiciaba era notoria. 
En ese momento, Richard controlaba sus múltiples negocios en diversas industrias por medio de una extensísima red de delegados. Él rara vez abandonaba su vivienda y cuando lo hacía todo el mundo sabía que iba a pasar algo grande. 
A pesar de esta actitud aparentemente clasista y extravagante, Richard era un hombre extremadamente querido en toda la ciudad de Nueva York. Y lo que era más importante, daba unas fiestas increíblemente grandes y exageradas en su casa siempre que recibía una suma de dinero importante. 
Y eso solía pasar muy a menudo. El año pasado se calcula que Richard gastó unos 500000 dólares en sus fiestas. Esa era la fortuna que un hombre de clase media podía soñar con acumular a lo largo de varias generaciones.
El hecho de que a su casa sólo acudieran 4 personas era extremadamente extraordinario. 
Richard conocía a Adolf y a Jay debido a diversos negocios que había mantenido con ellos a lo largo de los años y que habían acabado de una forma satisfactoria para ambas partes.
Alex era el broker que guiaba a Richard en su inversiones en bolsa. En los 4 años que llevaban colaborando habían obtenido 200000 dólares. 
Y John era el médico de Richard. Había conseguido salvarlo del tifus hacia unos 15 años y desde entonces John era el único médico que visitaba Richard.

Cuando los 4 amigos llegaron a la casa de Richard este corrió a saludarles. A la mitad del camino observó el cadáver que portaban y se apresuró a ayudarlos. Cuando llegó a ellos les arrebató el cadáver y les instó a entrar en casa. Pasaron hasta el gran salón y Richard dejó al cadáver en el sofá.

- ¿Qué habéis hecho? -preguntó.

- No hemos hecho nada. Ya estaba muerto cuando lo encontramos -se apresuró a decir John.

Richard se relajó un tanto al escuchar esto.

- John nos recomendó traerlo aquí para poder llevarlo a Nueva York y entregarlo a los posibles familiares mañana cuando volvamos -intervino Alex.

- Bien pensado, sí, es una gran idea -dijo Richard-. Es lo mejor que podemos hacer dadas las circunstancias. Sin embargo, no me gustaría que este pequeño incidente enturbiara la velada. es verdad que es un desafortunado final, pero creo que no por eso debemos renunciar a una noche de entretenimiento. Posiblemente sea sólo un caminante que, al volver o irse de la ciudad, sufrió un infarto y murió. Propongo que nos olvidemos de este asunto hasta mañana. Adolf, Jay, ¿os importaría llevar a nuestro inerte e inesperado amigo a un cuarto junto con vuestros abrigos?

Los dos hombres asistieron y cogieron el cadáver y los abrigos y los llevaron a una habitación de la planta superior.
Mientras tanto, John, Alex y Richard quedaron en el salón. 

- ¿Qué hay de cenar, Richard? -dijo John.

- Ni yo mismo lo sé. La señora Smith continúa en la cocina preparando la cena. Afirma que es una sorpresa. El servicio ya está puesto y cuando nos traiga la cena ya se irá a su casa.

- Perfecto -dijo John-. Pues esperemos a que vuelvan Jay y Adolf y comencemos. 

Los tres hombres fueron tomando asiento en la mesa del salón. Un rato después, Adolf y Jay bajaron y la señora Smith trajo la comida. Había carne, verduras y ensalada en abundancia. 

- Señor Richard, el postre está en la cocina, ¿cuándo acaben de comer serían tan amables de ir a por él o prefiere que espere con ustedes y les sirva?

- No, claro que no, puede usted retirarse. Yo serviré el postre.

Y de este modo, la señora Smith dejó a los 5 hombres solos en el salón y a un hombre inerte en la habitación. 
Todos pensaban que la noche de hoy iba a ser memorable, y todos tenían razón. Sin embargo, nadie se imaginaba cuan memorable sería en realidad.


domingo, 9 de febrero de 2014

Un retrato de la humanidad 2

UN RETRATO DE LA HUMANIDAD


CAPÍTULO 2


MATICES TÉCNICOS, NADA INTERESANTES, PERO RELEVANTES



Yo nací en una pequeña localidad española. En una tierra muy especial y húmeda, antiguamente regentada por celtas, o castrenses. Nací en una de las grandes ciudades gallegas, la más grande en población a decir verdad. Nací en Vigo.
Vigo es una ciudad bastante tranquila. No porque sea pequeña, sino porque casi nunca pasa nada ilegal resaltable. Se puede decir que yo fui lo más grande que le pasó a esta ciudad en ese aspecto.
A pesar de haber nacido en Vigo, mis padres decidieron criarme en un pueblo a unos 30 minutos de Vigo. Mondariz. 
Era un pueblo muy tranquilo, había unas termas preciosas y unos parques igual de hermosos. Era el sitio ideal para que se formara un chico ideal. Sin embargo, yo no era un chico ideal.
A pesar de vivir en Mondariz, mi madre trabajaba en un hospital vigués y mi padre en un videoclub. Por lo tanto, la mayor parte de mi día la pasaba en un Limbo entre Mondariz y Vigo. Esos 30 minutos me daban para pensar en muchas cosas, y si no los hubiera tenido quizá no fuera como soy ahora.
Estudiaba en Vigo y dormía en Mondariz. Las tardes las pasaba o bien con mi padre, videando películas en el videoclub; o con mi madre, viendo como ejercía su trabajo. Me fascinaba la anatomía humana y el cine. El género que más me fascinaba era el thriller. Alfred Hitchcock era mi faro en ese aspecto. Me encantaban sus películas. Y entre ellas cabía destacar Psicosis. Fue una película que me marcó. La vi por primera vez a la tierna edad de los 8 años. Otro director que me fascinó fue Stanley Kubrik. Videé por primera vez la Naranja Mecánica con 10 años. Mi padre me dijo que no se lo debía contar a mi madre, decía que no era una película para niños. La verdad es que no sé porque me seguía considerando un niño con 10 años.
Tenía un intelecto por encimo de la media. Con 10 años estaba cursando 1º de la ESO en un instituto de Coia, el Alexandre Bóveda. Me habían subido dos cursos pero mis notas no se habían resentido. Era el primero de la clase y casi no trabajaba, ya que asimilaba los conceptos con una capacidad pasmosa.
Lo que quiero expresar con esta pequeña introducción es mi aislamiento social. Nadie, y digo nadie, quería estar conmigo. Creo que era miedo. Mi afición al thriller y a la anatomía no ayudaban, y menos aún lo hacía el hecho de que en clase siempre estuviera atendiendo. Sin embargo, nadie se metía conmigo. Simplemente, me obviaban, hacían como si no estuviera. Tampoco yo buscaba su atención. No tenía amigos ni tampoco los necesitaba.
Era un alumno ejemplar, adoraba aprender y me gustaba estudiar y hacer deberes porque no me suponían ningún esfuerzo. Los utilizaba de calentamiento para centrarme luego en otras ocupaciones. La lectura no ocupaba mucho de mi tiempo, pero sí el cine. Me convertí en un verdadero cinéfilo y a los 13 años ya había visto todas las películas del videoclub.
Me quiero remontar a mis 10 años porque creo que fue aquí donde empezó todo.
Los fines de semana mi rutina se rompía del todo. Sin viaje a Vigo, perdía mi tiempo para pensar, eso lo primero. Eso me frustraba. Pero me frustraba más no tener más tareas que hacer, ya que acababa todos los deberes el viernes, como muy tarde el sábado por la mañana. Tampoco podía ver películas, ya que todas estaban en el videoclub, y tampoco podía ver trabajar a mi madre. Era hijo único y, como he dicho, no tenía ningún amigo. Todo esto junto hacía que odiara los fines de semana.
Sin embargo, a los 10 años todo cambió. Solía pasar en casa estos días, pero un día me decidí a explorar los alrededores del lugar donde vivía. En gran medida porque había empezado a escuchar cosas sobre la teoría darwinista y quería hacer experimentos sobre el tema.
Empecé realizando sencillos experimentos para intentar modificar los hábitos de los animales de alrededor. El primer experimento consistió en pintar de color negro todos los árboles de un parque. Estos árboles eran originalmente de color blanco. Había observado que había dos especies de polillas, unas blancas y otras negras, y quería comprobar si cambiando el color de los árboles las polillas negras, minoritarias, se volverían mayoritarias al camuflarse en el tronco de los árboles con mayor facilidad.
El experimento funcionó, pero creo que no agradó demasiado al ayuntamiento, que me infligió una costosa multa para la limpieza de los árboles. La multa fue asumida por mis padres y decidieron no hablar del tema.
Sin embargo, después de 3 semanas, los árboles no habían sido limpiados y mi padre empezaba a enfadarse. Un día se dirigió al ayuntamiento por la mañana. Llegó al mediodía. Al parecer, un reputado biólogo vigués se había enterado de mi experimento y había intercedido para comprobar si resultaba.
Y resultó resultar. En 1 mes, la población de polillas negras era mucho superior a la de polillas blancas. El biólogo, que había seguido el experimento, me ofreció la posibilidad de recibir clases de él. Acepté esta propuesta con una sola condición, que las clases fueran en fin de semana.
Y así fue como empecé a estudiar con el científico.
Se llamaba León y, curiosamente, tenía un gran parecido con el comunista León Trotsky. Tenía 50 años, una gran barba blanca, un pelo corto y blanco también y unas gafas de pasta fina negras.
Se desplazaba todos los sábados hasta Mondariz y dábamos clases sobre el terreno, en los parques y montes de la localidad. me enseño bien durante 1 año, aprendí mucho con él.
Sin embargo, lo odiaba. Odiaba a su persona, no a sus clases. Mi odio hacia los fines de semana se desplazó hacía León. Lo odiaba, sí. Un odio intenso, motivado en gran parte por sus aires de prepotencia.
En realidad, León era un reputado científico galardonado en numerosas ocasiones. Su fama era casi continental, y fue esta fama la que motivó su emigración hacia Francia un año después de haber empezado las clases.
Celebré ese día con entusiasmo. Intentó realizar una despedida solemne, me dijo que había sido un gran pupilo, que siempre recordaría mi gran intelecto y que llegaría a ser un gran científico si me lo proponía y perseveraba.
Le escupí a la cara. Me pareció que no se había dado cuenta de cuan profundo era mi odio hacia él.
Sin embargo, la emigración de mi odiado maestro no detuvo mis ansias de aprender de la naturaleza y me convertí en autodidacta.
Comencé calificando plantas, insectos, pequeños mamíferos, aves, algún que otro pez de las pequeñas charcas, algún anfibio, ...
Empecé a elaborar un pequeño libro con todos los animales de la zona y pequeñas descripciones de ellos. Lo acabé con 14 años.
Mientras estudiaba la fauna y flora local, seguía con mi instrucción cinéfila (por parte de padre) y anatómica (por parte de madre). Como ya comenté, acabé de ver todas las películas del videoclub con 13 años. A esa edad también conocía la mayoría de los secretos del cuerpo humano y solía ayudar a los colegas de mi madre y hasta a ella misma con los diagnósticos.
Y creó que fue aquí cuando empecé a convertirme en lo que soy ahora. Ya conocido el cuerpo humano, decidí empezar a estudiar otros cuerpos. Y en esos parques, bosques y montes que eran ahora mi segundo hogar había un gran número de cuerpos que estudiar.
La gente dice que los niños que queman hormigas con la lupas tienen un comportamiento que, de seguir desenvolviéndose, puede llegar a convertirlos en psicópatas.
Yo creo que la gente debería dejar de preocuparse por niños que queman hormigas y deberían empezar a fijarse en los que salen al bosque con una navaja. Con una navaja se pueden hacer infinidad de cosas, amigos. Es una de las herramientas más versátiles que he encontrado.
Si, creo que esas excursiones al bosque con mi navaja fueron el inicio de todo.
La navaja, el mejor amigo del asesino, el peor enemigo del hombre.

miércoles, 22 de enero de 2014

El Diablo viste un Armani 2

EL DIABLO VISTE UN ARMANI

CAPÍTULO 1 (2/5)

Ojo por ojo


Robert empujó la maciza puerta de madera de roble y entró en el pub. En su interior había una semipenumbra, debido a que no todas las luces estaban encendidas. Los techos eran bajos, pero sin llegar a ser agobiantes. Las paredes estaban repletas de múltiples objetos de las más variadas formas, colores y temas. Desde obras de artes con imágenes paganas hasta camisetas de los Yankees firmadas por los jugadores, pasando por urnas, estatuíllas, pósters y hasta una espada láser de juguete. Al fondo se veía una gramola impoluta y brillante. Se notaba que era de las mayores atracciones del pub con una simple ojeada. El lugar era casi hogareño, un bar normal y corriente, como muchos otros en Nueva York.
Robert distinguió una gran barra de piedra. Encaramado a esta barra había un nombre corpulento, pálido y pelirrojo. Robert  lo reconoció como uno de los suyos, cosa que le alegró. A parte de ellos, no había nadie más en el pub. O al menos en esa estancia del pub. Robert empezó a dirigir su vista alrededor suya buscando puertas, pasillos o pasadizos que pudieran conducirle a otras estancias. Observó tres puertas. Dos de ellas las identificó rápidamente como las de los baños, pero la tercera tenía una frase grabada...

-Hola, ¿puedo ayudarte?

La potente voz del camarero sacó a Robert de su observación. Dirigió su mirada al camarero. Su rostro parecía agradable, casi amigable. Tenía una sonrisa puesta en la cara, pero sus ojos contrastaban con esta imagen afable. Eran profundos y grises. Estos ojos hacían que la sangre de Robert se congelará y que su valentía desapareciera. Estos ojos reflejaban rabia, dolor y malhumor. Pero también reflejaban algo que dejó a Robert desconcertado. Reflejaban burla.

-Si, la verdad es que podrías...- respondió Robert -. Me dijeron que este local es frecuentado por alguien que hace cosas. Cosas que nadie más haría. Y yo... bueno, yo quiero... quiero algo.

La voz de Robert temblaba incontrolablemente. El camarero le ponía de los nervios. Era un hombre realmente inquietante. En ese momento asaltó a la cabeza de Robert una idea. ¿Y si era el camarero la persona a la que buscaba?

-El hombre que buscas está aquí- respondió el camarero sacando a Robert de sus ensoñaciones otra vez.

-¿Es usted?- pregunta Robert.

-No, claro que no- la expresión del camarero se relajó un tanto, su sonrisa se ensanchó y su mirada se endulzó -. El hombre que buscas está detrás de esa puerta- dijo señalando a la puerta de la inscripción -, puedes visitarlo ahora, no está reunido. Pero antes de entrar ten en cuenta que nada en este mundo es gratis, y los precios que pone este hombre a sus favores no son conocidos por su valor monetario. Él no necesita dinero, ten en cuenta eso. Él no es como nosotros, no vive en la armonía y no busca la paz en su vida. Él busca cosas muy distintas, y si haces un pacto con él, tu vida no volverá a ser la de una persona normal. 

Después de este discurso, el camarero se volcó en la limpieza de una barra que estaba impoluta y en la colocación de unos vasos que estaban perfectamente ordenados. Robert, a quién las dudas habían asaltado mucho antes de llegar al pub, mucho antes de entrar en él y mucho antes de ver los profundos pozos grises que el camarero tenía por ojos, no vaciló al dirigirse hacia la puerta. La charla del camarero lo había enardecido de una forma inexplicable. Los ojos del camarero habían producido en Robert el efecto contrario al que deberían haber producido y Robert no dudó al acercarse a la puerta de roble. Miró por última vez al robusto camarero irlandés, y este le devolvió la mirada. Sin embargo, Robert ya no encontró en los profundos ojos del camarero rabia, dolor, malhumor o burla. Todos estos sentimientos habían sido encubiertos, tapados, ensombrecidos, enmascarados. Todos estos sentimientos ya no se reflejaban con tanta intensidad en su mirada. En su lugar brillaba con una intensidad inusitada un sentimiento que Robert no creía que el camarero pudiera experimentar. En los ojos del camarero se reflejaba un profunda tristeza. Una tristeza que se podía interpretar como pena, la pena más honda que Robert había podido observar jamás. Y estaba seguro de que esta pena había sido provocada por él.
No obstante, esto no frenó en absoluto a Robert, que, con más determinación que antes si cabe, empujó la puerta. En la puerta se observaba la siguiente inscripción:

DEVIL'S GATE